• Miércoles, 29 marzo 2017

Marcha Una Luz por Ayotzinapa: del hartazgo y el anhelo de paz en México

Crónica de una indignación anunciada.

 

Miles de personas se dieron cita en el Ángel de la Independencia en punto de las 6 de la tarde, como muestra de la acción global que se está llevando a cabo por los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa, desparecidos el 26 de septiembre.


Por Andrea Rodríguez Plata y José Pablo Díaz Iñurrategui

Ciudad de México, 23 de octubre de 2014

 

Cientos de personas que, como nosotros, se encontraban en la Plaza de la República, caminaron hasta el Ángel. Al andar sobre Reforma, a lo lejos se podía divisar a las personas que empezaban a congregarse allí. A las 5:30 de la tarde la gente ya estaba en el Monumento a la Independencia y el grito general ya se escuchaba con fuerza: “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!” Inavitablemente, la piel se eriza.

A los pies del monumento ya se había colocado un enorme moño negro, símbolo del luto que actualmente vive la sociedad mexicana. Inmediatamente la atmósfera de solidaridad absorbió a los asistentes. Ello tal vez pueda atribuirse al hecho de que las personas ahí congregadas eran en su mayoría jóvenes, al igual que los 43.

Los padres de los 43 normalistas desaparecidos iban a la cabeza de la marcha, sujetando carteles con los rostros de sus hijos, así como veladoras y flores. Estaban rodeados por una cuerda roja que sujetaban otros jóvenes. A diferencia del resto de los contingentes, éste se encontraba en total silencio.

Paula Santoyo, estudiante de Ciencias Políticas del ITAM y activista de la plataforma Solidaridad con Ayotzinapa, era una de las encargada de resguardar la seguridad de los a los padres.

Era una marcha distinta; normalmente existe disputa por el orden de los contingentes, pero ahora era evidente que los padres irían hasta el frente, seguidos por los compañeros de las normales rurales y otras escuelas de Guerrero, así como contingentes estudiantiles, entre éstos el de la UNAM y el de la UAM. El grito de “¡Goya, Goya!” causaba clamor entre los asistentes. Además había contingentes de escuelas privadas como el ITAM y organizaciones sindicales, incluidas el Sindicato Mexicano de Eletricistas (SME) y la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE).

El cordón de seguridad, por parte de universitarios, en su mayoría activistas, fue solicitado por los mismos padres, subrayó Santoyo. Se hizó con la finalidad de que los medios no se les abalanzaran. Los padres de familia no cuentan con una formación política rigurosa como la de sus hijos, atraviesan por un duelo, han perdido confianza en las instituciones.

“Básicamente es llenar los vacíos que no está llenando el Estado. El vacío que genera el rechazo a la PGR, a la CNDH y a cualquier instancia gubernamental, lo están llenando organizaciones sociales en las que sí confían los padres”, afirmó Santoyo.

Cerca del Ángel, gritos como “¡No mas desapariciones!”, “¡Todos somos Ayotzinapa!” y “¡¿Por qué nos asesinan si somos la esperanza de América Latina?!”, se intensificaban. Sería este último grito el que predominaría en los coros de la manifestación.

Al adentrarse entre la multitud, era posible leer varias frases entre los carteles que sostenían los asistentes. “Hoy fueron ellos, no permitamos que mañana sean tus hijos o los míos” y “Quisieron enterrarlos pero no sabían que eran semillas”. El olor de la parafina quemada de las velas impregnaba el aire que respiraban todos los inconformes.

A cabeza de la marcha, delante de los padres, ya se habían colocado más contingentes conformados por organizaciones en pro de la paz y los derechos humanos, entre ellos SERAPAZ; así como más grupos estudiantiles. De repente, un grito llamó la atención de todos los asistentes: “¡Solalinde, habla, di dónde están nuestros muchachos!”. Se encontraba allí el padre Alejandro Solalinde, rodeado por diversos medios en busca de obtener una declaración. No negó declaraciones, pero su objetivo en la marcha era claro: dar aliento y esperanza a los padres de familia, quienes buscaban un abrazo y soltaban lágrimas en sus hombros. El padre no contaba con ningún cuerpo de seguridad, sólo lo acompañaban un grupo de religiosas, que al igual que él repartían solidaridad entre los asistentes.

En punto de las 6 de la tarde, las miles de personas ahí reunidas comenzaron a marchar con dirección al Zócalo. Los gritos no cesaron, el espíritu de unión se acrecentaba. Los negocios sobre Reforma estaban cerrados ya. Oficinistas y demás personas que por ahí pasaban, se colocaban a los costados de la marcha. Algunos sólo miraban, otros aplaudían la protesta por medio de palabras de aliento, y unos cuantos más, se incorporaban.

Poco antes de llegar a la intersección entre Reforma y París, esquina donde se encuentra el Senado de la República, los gritos se encolerizaron. La marcha se detuvo un momento, la gente volteó hacia su izquierda y señalando con el índice al recinto legislativo, gritó: “¡Esos son, esos son los que chingan la nación!”. El coro se intensificó mientras algunas personas retaban con ímpetu a los legisladores a salir: “¡Salgan, den la cara!”.

La noche fue cayendo.A la altura del edificio de la Lotería Nacional y el Caballito, varios asistentes abandonaron la marcha. Ésta no había sido una marcha más; el dolor, el miedo y la indignación de los asistentes era evidente desde el inicio. Aún así, ese sentimiento de unidad que se vivió, fue capaz cooptar a cada uno de los presentes; despertó la esperanza que tanto hace falta en este país. La búsqueda sigue y seguirá. Este México no sólo es un México inconforme, sino con ganas de cambiar las cosas. Después de la indignación, viene la digna acción. El hartazgo crece, pero el anhelo de paz también.

 

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