• Domingo, 30 abril 2017

El sutil maltrato: los niños tiranos

Por Viviana Jiménez Coria

Ciudad de México, 9 de diciembre del 2014

 

Ana fue contratada por una agencia de animación para ser vestida como Elsa, la protagonista de la muy popular película infantil Frozen. Le informaron que la niña a la que iría a despertar cumpliría apenas 5 años. Ana, emocionada, ya que siempre ha tenido cierto cariño por los niños llegó temprano a aquella agencia de animación en donde la personalizaron de manera minuciosa; le pusieron peluca, un vestido hecho a su medida con las mismas características que el vestido que Elsa utiliza en el filme, la maquillaron, le pusieron los zapatos adecuados, y ensayó un par de horas para poder hacer a la perfección su trabajo.

A las 9:00 am Ana estaba lista para despertar a aquella niña y hacer sus sueños realidad. Trasladaron a Ana a una de las zonas más caras de la ciudad, la llevaron a un departamento muy pomposo, la señora Carmen (madre de la niña) abrió la puerta sigilosamente y le dijo a Ana que Mia (la niña de 5 años) estaba dormida, y que la llevaría a su cuarto para que la pudiera despertar.

La señora Carmen dirigió a Ana por los pasillos lujosos de la casa hasta llegar a la habitación de Mia. Afuera de la recámara se encontraba la nana de Mia, quién amablemente saludó a Ana. La señora Carmen abrió la puerta del cuarto lo más lento que pudo. Para sorpresa de la nana, de la señora Carmen y Ana la niña estaba despierta intentando abrir la puerta. Ana reaccionó de inmediato y se transformó en el personaje al que iba a imitar. Ana se agachó para saludar a la niña e inmediatamente se dio cuenta que Mia no sentía aquella admiración ni emoción que todos esperaban, sino todo lo contrario: Mia estaba molesta. Ana se esforzó para que la niña realmente creyera que era Elsa y se pusiera feliz, sin embargo Mia al ver el esfuerzo que Ana hacía, a su muy corta edad, decidió sabotear toda la preparación entre todos habían hecho con gran esfuerzo.

Sin previo aviso, Mia jaló la peluca de Ana, dejándola totalmente al descubierto y al mismo tiempo una risa burlona salía de su boca. Al terminar de jalar la peluca, Mia decidió empujar a Ana y darle un golpe en la pierna (que era lo más alto que alcanzaba), tirar la peluca al bote de basura más cercano, meterse a su cuarto y cerrar la puerta.

Ana se sentía sumamente culpable por lo que había sucedido ya que pensaba que tal vez su actuación había sido muy mala y que por esta situación Mia había reaccionado de esa forma.  La señora Carmen, la nana y Ana se quedaron inmóviles afuera del cuarto de Mia.

De pronto, a lo lejos se escuchó la voz de un niño pequeño diciendo “¡Ay! ¿Ya llegó la Frozen chafa?” Ana volteó era un niño pequeño que no pasaba de los 7 años, inmediatamente Ana intentó tomar su personaje de nuevo, pero sin la peluca era muy poco probable que le creyeran. La señora Carmen inmediatamente reprendió aquel niño pidiéndole que se disculpara con Ana; sin embargo, el niño fuera de hacerlo contestó “Y… ¿por qué me voy a disculpar?, si ella trabaja para nosotros” mientras hacía gestos de superioridad. Ana extremadamente molesta, indignada e impotente, se quedó callada, le daban muchas ganas de agarrar a los dos niños y darles unas buenas nalgadas o por lo menos contestarles lo que se merecían, pero la presencia de la mamá y la nana lo impedían.

La señora Carmen se ruborizó y totalmente apenada decidió agarrar a Ana del brazo y llevarla afuera de su departamento. Ya lejos de los niños, Ana no soportó aquella humillación y soltó a llorar. La señora Carmen no sabía que decir, solo dijo que estaba muy apenada, y en compensación dio una fuerte cantidad de dinero como propina a Ana y le pidió que se retirara.

Ana salió del departamento con una mezcla de emociones entre tristeza, enojo e impotencia. Afuera del departamento la esperaban los de la agencia de animación y al ver su expresión supieron que algo malo había pasado. Ana les explicó lo sucedido, pero como era de esperarse, la regañaron ya que adjudicaron lo sucedido a la mala actuación que pudo haber tenido.

Ana ya había tenido varias situaciones incómodas con niños que al parecer simplemente son mal educados, pero sin duda esa fue la peor.

 

Síndrome del niño emperador

Se le llama “síndrome del niño emperador” o “del niño rey”. Normalmente este fenómeno se da en familias de clase alta quienes no tienen el tiempo ni las ganas de cuidar a sus hijos. Mientras el padre se la vive de sol a sol trabajando para poder mantener el nivel económico a la que los miembros de la familia están acostumbrados, la mamá despilfarra ese dinero comprando ropa, yendo a spas con sus amigas, a desayunar o eventos sociales importantes. Dejan a cargo la educación de sus hijos a las famosas “nanas” quienes son mujeres mayormente jóvenes quienes vienen de comunidades rurales a buscar trabajo. Sin problema alguna estas jóvenes mujeres podrían darles una educación, sin embargo, ellas no están ahí para educarlos sino solamente para cuidarlos.

Estas mujeres no tienen permitido educar a los niños dándoles escarmientos o regaños que los niños a veces necesitan para poder corregir ciertas conductas. La mayor parte del tiempo los niños están con las nanas y cuando están con los padres, éstos se encargan de consentirlos y darles todo lo que quieran, tanto económicamente como afectivamente; pasan tan poco tiempo con ellos que apenas se dan cuenta de cómo son, de la manera en la que se expresan o de lo que están aprendiendo de otros niños.

Georgina Méndez Gutiérrez, maestra de primaria del Colegio Alexander Bain, con más de 15 años en docencia, ha notado que los alumnos a partir de tercer grado de primaria comienzan a ser muy groseros, pero que últimamente el problema se ha agravado de manera significativa por cuatro factores:

El primero de ellos es la tecnología ya que les permite a los niños investigar, buscar y difundir temas que no son apropiados a su edad, y como son niños que no tienen problemas económicos la mayoría de ellos cuenta con aparatos electrónicos como tabletas y smartphones que les facilitan esta búsqueda.

El segundo factor, que Georgina Méndez menciona y que va muy de la mano con el primero son las redes sociales que se han dado a partir de estos mismo aparatos y de la tecnología ya que los niños se prestan a hacer cosas indebidas como mandar fotos de sus genitales entre ellos y hacerse burla unos de los otros, así como aumentar el bullying que existe entre ellos. Los niños están expuestos a imágenes e información con mensajes subliminales o dobles sentidos que circulan por las redes sociales ya que son creadas por adultos que simplemente bromean con el aspecto sexual.

El tercer factor se desprende del segundo. Según Georgina Méndez, el problema de las redes sociales ha sido tan trascendente que la educación sexual se ha tenido que adelantar, antes se impartía a partir de sexto grado de primaria y solamente se daba lo básico; pero la promiscuidad y precocidad de los niños debido a las nuevas tecnologías y acceso a la información, en muchas escuelas, como la mencionada anteriormente han tomado la medida de dar educación sexual desde tercero de primaria y de manera más profunda.

Y el último factor del que Georgina habla es de la poca autoridad que las nanas ejercen en su educación, lo que provoca que los niños crezcan consentidos sin detener a ver las consecuencias de sus actos.

Con su vasta experiencia, Georgina asegura que los smartphones han pasado a ser un dolor de cabeza dentro de la institución ya que los maestros comenzaron a notar que el rendimiento escolar de los niños disminuía por la atención que le prestan a sus aparatos, y que el ciberbullying crecía. Los directivos decidieron tomar medidas extremas y pedirle a los padres que por ningún motivo dejaran que sus hijos tuvieran a tan corta edad éste tipo de aparatos o que si se los iban a proporcionar no los llevaran a la escuela; los padres fuera de apoyar ésta moción decidieron oponerse, ya que consideraban injusto que se les quitara un aparato tan fundamental. “¿Fundamental?” exclamó Georgina, “¿Cómo pueden decir que un celular es fundamental para un niño de escasos 7 años?”

Georgina Méndez comparte una anécdota, que solamente al principio podía parecer graciosa. Pablo es uno de los tantos niños que no hicieron caso a la orden de la dirección de no llevar sus celulares, y desafortunadamente no podían hacer nada en contra de que llevara su celular, ya que sus papás apoyaban esta idea y amenazaban con tomar medidas más fuertes si a su hijo no se le permitía el uso de su iphone.

Pablo ya había tenido varias llamadas de atención por su mal comportamiento. Georgina impartía su clase de manera normal, cuando inesperadamente Pablo se levantó de la silla con el celular en la mano y dijo entre risas: “Quisiera ser mariachi, para tocarte la cucaracha”, dirigiéndose a una niña; los demás del salón comenzaron a reírse.

Georgina, muy molesta, le pidió a Pablo que pasara al centro de la clase y que explicara explícitamente que era lo que esa frase significaba. Atónito y totalmente avergonzado de no saber lo que significaba, el niño, pasó al centro y dio una explicación pobre y poco congruente. Georgina lo humilló y sus compañeros hicieron burla de él. Al no saber cómo reaccionar, Pablo le aventó el celular a los pies a la maestra Georgina, y salió del aula. Pablo quedó expulsado por haber lesionado a una maestra, ya que no midió la fuerza con el que hizo el movimiento y lastimó a la maestra.

Este síndrome, no solo se da en las familias de clase alta, ni es específico de México, es muy conocido a lo largo del mundo y se puede dar en cualquier situación económica.

Ana y Georgina han sido dos de las muchas víctimas que existen alrededor de estos niños tiranos. Sin embargo, a pesar de haberlo vivido en carne propia no tienen información certera para saber qué es lo que realmente pasa en la mente de estos niños, que factores lo provocan, como solucionarlo y las consecuencias.

 

Principales características:

Al hablar de este tema, la psicóloga Grecia Wood explica que se trata de un síndrome en el que los niños que acaban por dominar a sus padres. Algunas características de estos niños, también conocidos como “niños tiranos”, son las siguientes:

  • Sentido exagerado de lo que les corresponde y esperan que los que están a su alrededor se los proporcione.
  • Tienen baja tolerancia a la incomodidad, especialmente la que es causada por la frustración.
  • Se expresan con rabietas, ataques de ira,  gritos e incluso violencia, principalmente hacia sus padres.
  • En algunos casos, tienen pocos recursos para  la solución de problemas.
  • Están totalmente centrados en sí mismos y creen que son el centro del mundo.
  • Buscan las justificaciones de sus conductas, culpando a la gente cercana a ellos.
  • No pueden ni quieren ver como sus conductas afectan a los demás.
  • Carecen de empatía.
  • Llegan al extremo de la exigencia, ya que nada de lo que tienen les satisface y siempre necesitan de más.
  • Les cuesta trabajo sentir remordimiento por su comportamiento.
  • Constantemente discuten si se les imponen normas o castigos, ya que los consideran injustos o malos.
  • Exigen atención de todos los que los rodean, y cuanto más se les da, más piden.
  • Les cuesta adaptarse a las demandas de las situaciones.
  • Suelen tener autoestima baja.

 

Grecia Wood comenta que la manera en la que influyen los padres en este síndrome es crucial, ya que algunos lo que hacen es que sienten mucha culpa por el tiempo que no están con ellos y el poco tiempo que les dan les permiten hacer todo sin límites ni castigos, para que ellos se sientan atendidos y de esta manera no sufran ni sientan una falta de atención. Con ello los padres creen y sienten que les están dando lo mejor.

Actualmente, este padecimiento ha aumentado de manera significativa. A raíz de los grandes problemas económicos que el país enfrenta, los padres, incluso los que viven con un nivel alto, tienen jornadas muy largas de hasta 8 horas. Otro factor es la tasa de divorcios que existen hoy en día lo que provoca que los niños  tengan que convivir con las parejas de sus progenitores, por lo que deja de existir una estructura familiar y una dinámica entre ellos. Entonces al no poder dar una estructura familiar, los padres inconscientemente se sienten responsables de no poder brindarles estabilidad emocional a sus hijos, por lo que deciden no regañarlos, no darles educación, y darles todo lo que ellos quieren, aclaró Grecia. Esto provoca que los niños sientan que tienen el control de todo lo que está alrededor de ellos y tengan actitudes tiranas.

Grecia Wood expone que las actitudes arbitrarias que los niños desarrollan a partir de los factores comentados anteriormente, pueden llegar a tal gravedad que sus agresiones no solo sean verbales sino también físicas, y no solo hacia sus padres, sino a todo lo que encuentren “inferior” a ellos. Los niños comienzan con esta violencia contra sus padres y como ellos son incapaces de ponerles límites, los niños lo ven y lo consideran como algo muy normal y comienzan a tener este tipo de actitudes no solo con ellos, sino también con todo el que les rodea.

Además la doctora Wood explica que la tecnología en los niños y en las personas en general es buena, siempre y cuando se sepa administrar y controlar de la manera adecuada. Sin embargo hay muchos padres que tristemente, en la culpa que sienten por no poder brindarles la atención que ellos necesitan deciden darles los aparatos “último modelo” para llenar ese vacío que en los niños existe, sin supervisar el manejo de estos dispositivos. Esto provoca que los niños en muchas ocasiones convivan mucho más con estos aparatos que lo que conviven con sus padres.

Grecia termina diciendo que definitivamente el síndrome del niño rey recae totalmente en la responsabilidad de los padres, ya que no importa cuál sea la situación de la familia, si es que los dos padres tienen que  trabajar jornadas extenuantes por la falta de dinero, o por el contrario  que los padres tengan cosas “más importantes” que hacer y dejar el cuidado y educación de sus hijos con una tercera persona, es éste caso las “nanas”. Cuál sea la situación no es excusa para decir que el vacío que existe en estos niños se pueda llenar con falta de educación y permisividad. No importa cuánto tiempo pasen los papás con los niños, no es cuestión de cantidad, sino de calidad. La educación empieza desde que el niño nace. Es importante que los padres se den el espacio para escuchar a los hijos, tratar de entender sus sentimientos y dar retroalimentación a lo que están haciendo y a las actitudes que están tomando hacia los problemas.

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