• Martes, 17 octubre 2017

Antes y después de la delincuencia juvenil

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Por Antonio Sánchez

La violencia generada por el narcotráfico en nuestro país ha sido una de los mayores problemas que ha enfrentado la sociedad mexicana a lo largo de la última década. A partir del inicio de la llamada “Guerra contra el narcotráfico” durante el sexenio de Felipe Calderón, las cifras de homicidios y crímenes violentos en general se ha elevado drásticamente. Sin lugar a dudas, uno de los sectores poblacionales más afectados por este fenómeno es la juventud, misma que se ha visto envuelta debido a una gran variedad de factores.

Es difícil conocer las cifras exactas acerca del tema, pues agencias como Associated Press han asegurado que es prácticamente imposible llevar un registro debido al elevado número casos que aún se desconocen. Conforme avanza el tiempo, se continúan encontrando una gran cantidad de fosas clandestinas a lo largo del territorio nacional, y la labor de recopilar información al respecto resulta se vuelve más complicada.

Pese a las dificultades para llevar un registro adecuado, existen instituciones que se dedican a esta tarea, mostrando resultados que son verdaderamente alarmantes. El Centro Binacional de Derechos Humanos de Tijuana, por ejemplo, estima que el crimen organizado ha cooptado a cerca de 75 mil adolescentes, mismos que, una vez inmersos en este ambiente, tienen una esperanza de vida de alrededor de tres años.

Por su parte, el Banco Mundial elaboró un documento denominado “La violencia juvenil en México”, que muestra una tendencia a la alza en los delitos cometidos por jóvenes a partir del año 2008, tiempo en el que la guerra contra el narcotráfico se intensificó. El estudio revela como a partir de dicho año, la muerte por homicidio superó con creces a los accidentes de tránsito como la primera causa de mortalidad juvenil, pasando de 8 a 26 por cada 100 mil habitantes en tan sólo tres años, un incremento que fue más notorio en los varones, pues generalmente son ellos quienes son buscados por la delincuencia organizada. Pese a que Chihuahua es, por mucho, la entidad con mayor número de víctimas (246 por cada 100 mil), los números de los demás estados tampoco son alentadores.

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Fuente: Banco Mundial/SINAIS

Los jóvenes que logran escapar de este escenario son relativamente pocos, y la gravedad de los asuntos en que se vieron involucrados genera dificultades muy particulares que obstaculizan su proceso de reinserción social. Ante este panorama cabe plantearse varias preguntas: ¿Qué es lo que lleva a los adolescentes a involucrarse en el crimen organizado? ¿Qué debe hacerse para prevenir que esto ocurra? ¿Existe la posibilidad de que se reintegren con éxito en la sociedad? Para responder estas interrogantes platicamos con diversos especialistas en la materia, además de un joven que vivió la experiencia en carne propia.

Las causas

Martín (su verdadero nombre no puede revelarse por motivos de seguridad), un joven de 16 años, formó parte de las filas del crimen organizado. Para él, los motivos que lo llevaron se reducen a una lista de tres elementos: “Primero me dejé llevar mucho por el dinero, segundo, por las malas amistades, y la otra, pues no pensarlo más de una vez.” Este chico provenía de una familia de bajos recursos y padres ausentes, factores que, de acuerdo con expertos en la materia, son determinantes para que los adolescentes se sientan atraídos por la delincuencia.

La directora general de ejecución de medidas para menores en el estado de San Luis Potosí, María Concepción Guadalupe Nava Calvillo, afirma que, en primer lugar, todos estos jóvenes provienen de situaciones socioeconómicas bajas. “No quiere decir que todos los que pertenezcan a un estrato socioeconómicamente bajo se involucren con la delincuencia organizada, sino que además se reúnen otros factores”. Las familias problemáticas, situaciones de violencia, invisibilidad y falta de cohesión son una constante en estos adolescentes. “No quiere decir que necesariamente sus padres sean malos padres”, aclaró, pues en ocasiones la situación laboral de éstos impide que estén presentes el tiempo que sus hijos lo requieren, por lo que los menores no cuentan con ellos como modelos a seguir.

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De acuerdo con Nava Calvillo, la deserción escolar es otro elemento de peso en esta situación. En ocasiones en que existen problemas de personalidad o de aprendizaje que los docentes quieren evitar y “la manera más fácil de deshacerse de ese problema es la expulsión”, asegura. Por otro lado, la mayoría de las escuelas no son un espacio que brinde confort o donde se aprenda a resolver los conflictos de manera pacífica.

Asimismo, la manera en que están dispuestas las comunidades a las que estos chicos pertenecen es de poca ayuda para resolver el problema. Por lo general carecen de espacios de recreación y son lugares donde prima la inseguridad, por lo que los jóvenes aprenden a defenderse con violencia o participando de la misma. Dado que su entorno no les permite satisfacer su necesidad de identidad, buscan la afirmación de su persona en grupos como las pandillas, que les otorgan la posibilidad, además, de realizar actos de poder.

Lo explicado por Nava Calvillo concuerda con los puntos de vista de Arcelia Ibarra Hernández, codirectora de Fundación Aurora, una asociación civil que busca ayudar a jóvenes en conflicto con la ley. Ella señala la falta de arraigo y pertenencia como un elemento fundamental para que los jóvenes se unan a la delincuencia, pues al no recibir atención adecuada por parte de sus familias o escuelas, ellos sienten que “ahí sí son valiosos, sí los respetan y se satisface su necesidad de reconocimiento”, algo que es muy importante durante la etapa de la adolescencia.

La reinserción

El tema de la reinserción social de estos jóvenes es bastante complicado. Por un lado, la sociedad muestra aún una notoria renuencia a aceptarlos de nueva cuenta como un miembro más, mientras que, por el otro, los problemas internos con que deben lidiar ellos mismos pueden representar un obstáculo difícil de superar. La ecuación es por demás compleja, pues a pesar de que existen leyes que buscan ayudarlos en el proceso, éstas no llegan a cumplirse cabalmente en la práctica, y aunque existen muchas instituciones tanto gubernamentales como de la sociedad civil que pretenden brindar apoyo en este sentido, la falta de una planeación adecuada provoca que los esfuerzos no rindan los frutos esperados.

La psicóloga Ofelia Torres Carrillo, quien ha trabajado cerca de varios jóvenes que se encontraron en esta situación, comenta que en primer lugar, muchos de ellos manifiestan un trastorno postraumático, mismo que los lleva a revivir constantemente escenas y sensaciones que tuvieron durante la etapa en que cometieron actos delictivos o, por ejemplo, sentirse perseguidos o amenazados con frecuencia. Ella señala la importancia de que reciban un seguimiento adecuado, pues de lo contrario, podrían seguir patrones de conducta que los lleven a reincidir. “Incluso, en ocasiones, el cuerpo aprende a estar en esta adrenalina de los buenos y los malos, y aunque salieran, puede ser posible que quieran seguir esos patrones”, puntualizó.

Superar las secuelas psicológicas depende de cada individuo, el grado de involucramiento que tuvo en esta situación y su contexto. “Puede haber chicos que tengan más habilidades para reflexionar la situación, puede haber chicos que desde la infancia no tienen los elementos necesarios para salir de una situación tan crítica.” Ella afirma que, pese a que existen casos de gran complejidad, no es imposible salir adelante, simplemente para algunos jóvenes el proceso puede llegar a ser más lento que para otros.

Para Nava Calvillo, quien ha tenido oportunidad de convivir muy de cerca con estos chicos, uno de los grandes problemas que enfrentan es que no existe una concepción de justicia en la sociedad, por lo que al salir a la calle viven con el temor de encontrarse con familiares o amigos de víctimas que buscan alguna forma de venganza. “Están muertos de miedo porque no se ha comprendido desde la otra parte ese cumplimiento de su pena”, enfatiza.

“Somos una sociedad muy juzgadora. Es más fácil eso a cuestionarnos y yo qué estoy haciendo para que ésto no suceda”, plantea Ibarra Hernández. Desde su punto de vista, los adolescentes que incurren en este tipo de delitos son excluidos y etiquetados por la sociedad en general, sin que se comprenda a fondo la situación que vivieron y las causas que los llevaron a involucrarse en la misma. “Estamos en una grave crisis como sociedad y todavía nos atrevemos a etiquetarlos”, agrega.

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Uno de los puntos más criticados es el papel que juegan las instituciones, por poner un ejemplo, la educación que se les ofrece es de “nula calidad”, lo que puede propiciar su regreso a la delincuencia ante las escasas oportunidades que vislumbran en el largo plazo. Concepción Nava asegura que el problema es en gran medida achacable al gobierno, puesto que tanto las causas que llevan a los jóvenes a delinquir como las deficiencias en los procesos de reinserción se deben a fallas estructurales. La pobreza, la marginación, la baja calidad educativa o el desempleo, son obstáculos que no han recibido la atención que merecen y que mucho tienen que ver con las decisiones erróneas que toman los adolescentes.

De acuerdo con la codirectora de Fundación Aurora, uno de los factores que juegan en contra al momento de intentar que los menores se reintegren a la sociedad es, que los esfuerzos institucionales no están debidamente coordinados, y aunque muchos organismos (gubernamentales y civiles) crean programas para apoyarlos, no es posible observar resultados favorables. Pues cada órgano actúa como mejor le parece, lanzando incluso proyectos que resultan contradictorios.

Uno de los puntos en que los especialistas están de acuerdo es en que las leyes que se han establecido para abordar la situación son adecuadas. La Ley Federal de Justicia para Adolescentes, demanda que las penas sean siempre las menos duras dependiendo de la gravedad del delito, además de promover principios como la justicia restaurativa; una práctica que ha cobrado fuerza en los últimos años y que propone que el victimario busque la manera de reparar, en la medida de lo posible, el daño que causó a las víctimas o a la sociedad. El problema que existe en este aspecto, aseguran los entrevistados, es que el texto no llega a hacerse patente en la realidad, pues factores como la infraestructura inadecuada o la escasa preparación del personal encargado de los centros penitenciarios, impiden que se cumplan adecuadamente las disposiciones legales.

Martín es un vivo ejemplo de lo que ocurre con un chico que vivió en este mundo y de lo difícil que puede llegar a ser superar el trauma que provoca. En una reciente entrevista declaró: “Todo lo que hice me sirvió, ya vi qué problemas puedo resolver y qué no, yo sé que esa no fue la manera de darme cuenta, pude haberme dado cuenta de otra forma, pero no fue así.” A pesar de que esto pudiera parecer positivo y de que él mismo reconoce avances significativos en su proceso, agregó: “Si esas personas me dieran su perdón no sé qué haría, me sentiría bien, pero aun así no lo voy a olvidar”, en referencia a las personas a las que dañó de alguna manera.

El futuro

Aunque muchas personas opinan que incurrir en conductas de este tipo merece castigos más severos, e incluso llegan a afirmar que estos menores deben ser juzgados como adultos, muchos de los que han convivido y trabajado con ellos creen que es necesario brindarles una oportunidad, siendo los pocos años de edad que tienen uno de los principales motivos para defender esta postura.

“Tras la adolescencia llega una etapa en que se debe madurar y empezar a ver las cosas de otra manera, y yo creo que todos nos hemos equivocado, algunos más que otros, lo que no quiere decir que por eso no deban tener más oportunidades, aunque también tienen que ser responsables de las consecuencias de sus actos”, menciona Ofelia Torres.

La directora de ejecución de medidas asegura que, incluso desde un punto de vista neuropsicológico, existen razones para brindarles una oportunidad a quienes se encontraron en esta situación. “Si cualquier persona, incluso de edad más avanzada, puede seguir aprendiendo cosas, con mayor razón un joven que posee más conexiones cerebrales”, indicó. Además, dice tener la certeza de que, salvo en casos muy extremos en que imperan circunstancias biológicas, estos muchachos, al igual que cualquier ser humano, sienten dolor y son susceptibles de sentir remordimiento cuando saben que cometieron un error o hicieron daño a otra persona.

Arcelia Ibarra comenta, por otra parte, que ayudar a estos chicos “más que una oportunidad para ellos, es una oportunidad para nosotros de reconstruir esta sociedad tan dañada, y así poder tenerlos con nosotros y no contra nosotros”. Afirma además, que es indispensable rescatar a la juventud, considerando también que las nuevas generaciones necesitarán personas que contribuyan a mejorar el mundo en que vivimos.

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Quizá en este apartado las palabras que más vale la pena rescatar son las de Martín, quien no duda en mencionar que, para empezar, está tratando de aprovechar la oportunidad que se le está dando, y no ha recaído en las actividades criminales. Más adelante comentó: “Ahorita estoy chavo, si tuviera 30 o 40 años y siguiera sin entender pues no lo merecería, pero a esta edad todavía puedo aprender”.

El trato que deben recibir estos jóvenes seguirá probablemente siendo motivo de polémica, sin embargo, quienes buscan apoyarlos se muestran confiados de que ellos son capaces de superar las dificultades y reintegrarse adecuadamente a la sociedad. Aunque reconocen que queda un largo camino por recorrer para lograr que este proceso se desarrolle de manera óptima. La sociedad y el gobierno deben trabajar de la mano para que la situación de estos chicos mejore, sin embargo, la parte más importante (y quizá la menos atendida) sigue siendo la prevención.

Queda claro que esta situación no es sino una manifestación superficial de muchos otros problemas, que no han sido debidamente atendidos por el gobierno o la sociedad, y mientras ello siga siendo ignorado, cualquier medida cautelar seguirá siendo insuficiente y casos como el de Martín seguirán surgiendo, aunque quizá no con la misma suerte que él tuvo.

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