• Sábado, 27 mayo 2017

Adolescencia y crimen organizado

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Por Antonio Sánchez

*Los nombres e imágenes de los involucrados en la siguiente entrevista fueron modificados para su seguridad.

Martín tiene 16 años y no puede darse el lujo de ir a fiestas o salir con chicas. A su corta edad, enfrenta un proceso penal por haber participado en el crimen organizado. Mientras espera la decisión del juez, recibe apoyo de una asociación civil para terminar su secundaria y comenzar un proceso de reinserción social que le permita llevar una vida como la de los demás, aunque nada es seguro aún. Sea cual sea la decisión final, Martín puede considerarse afortunado, pues el suyo es solamente uno de los más de 75 mil casos de adolescentes que han sido cooptados por el narcotráfico, quienes, de acuerdo con datos del Centro Binacional de Derechos Humanos de Tijuana, tienen una esperanza de vida de tres años a partir de su ingreso en las filas de la delincuencia.

En entrevista, Martín comenta sus experiencias, los motivos que lo llevaron a involucrarse en estas actividades y lo que espera del futuro ahora que ha sido rescatado de este ambiente. A pesar de que es fácil para él hablar de las cosas que vivió, se muestra muy dispuesto en todo momento. Con la voz entrecortada, cabizbajo y a veces casi llorando, relata las cosas que hizo, al tiempo que recalca su gran arrepentimiento.

Martín es oriundo del estado de Guerrero, y actualmente radica en el centro del país. Comenzó a delinquir cuando tenía 13 años y fue capturado a los 16 tras haber participado en un secuestro. “Primero empecé con los robos, luego con los asaltos y después me fui con lo más grande”, comentó al principio de la charla. Interrogado sobre los motivos que lo llevaron a participar en ésto, su respuesta fue: “También me pregunto yo cómo fue que me involucré, pero fue por las malas amistades, y esas veces que te preguntas ‘Qué se siente agarrar esa droga’, yo creo que fue desde ahí”.

Martín creció en un hogar de escasos recursos y bajo el cuidado de su abuela en Guerrero, por lo que fue fácilmente arrastrado al crimen: “En el momento en que me convencieron creo que fue porque me fui mucho por lo material, por el dinero.” Tras una breve pausa, reconsideró y enlistó las que para él fueron las causas definitivas: “Primero me dejé llevar mucho por el dinero, segundo, por las malas amistades, y la otra, pues no pensarlo más de una vez”.

A pesar de que comenzó con trabajos pequeños, la delincuencia organizada no tardó en fijarse en él y reclutarlo para cooperar con ellos. Antes de contar los detalles de su participación, la voz de Martín se cortó, se aclaró la garganta y dijo: “Hice muchas cosas terribles, no creo que te las puedas imaginar. Ni hasta yo me la creo. Siempre lo he creído como un simple sueño, pero yo sé que fue verdad”.

El involucrarse con el narcotráfico trajo consigo un aumento en la violencia de los crímenes que debía cometer, y pronto se vio forzado a decidir sobre la vida de otras personas. Pese a que en un principio se negó a participar en este tipo de actos, pronto se dio cuenta de que no tenía opciones. “No podía decir que no, porque si decía que no a mí me pasaba. Siempre lo hice y nunca me quejé de nada”.

Su primer objetivo era un padre de familia, y al respecto comentó: “La primera vez si me llegó mucho la tristeza, porque dije ‘No le puedo quitar el padre a una familia’, yo sé que el mató niños, que era de lo peor, pero a mí me tocaba. Les dije que no, pero dijeron que si no, iban a matar a mi familia.”, dijo Martín bajando la mirada. Aquel día, otros sicarios lo acompañaron hasta el lugar para asegurarse de que cumpliera con su encargo. Él estaba nervioso, nunca había hecho algo así y no sabía cómo actuar. El asunto se tornó aún peor puesto que, al alcanzar a su objetivo, se dio cuenta de que aquel hombre iba acompañado de su familia, no obstante, las amenazas que le habían lanzado no le dejaban alternativas. “Mi objetivo no era hacerle daño a la familia, lo iba a hacer, pero no quería que los niños vieran”.

En este primer trabajo interceptó el vehículo de aquel hombre, lo bajó y tiró al suelo de un golpe y cortó la garganta –esto último lo indicó a señas. “Cuando hice eso me llegó una desesperación, un trauma, se me fue todo de la mente.”, comentó sin poder ocultar su tristeza. “Cuando terminé eso duré varios días llorando, pero dije ‘Ya no puedo hacer nada más”. Fue en ese momento que consideró dejar todo atrás y buscar otras opciones: “Ahí dije ‘Voy a cambiar, a ser mejor’, pero volví a caer”.

A partir de entonces, continuó participando en trabajos similares, siempre bajo la amenaza de que su propia familia resultaría dañada si se negaba. “Muchas veces cuando terminábamos de hacer un trabajo, sí me llegaba el remordimiento.”, afirmó. La culpa estuvo presente durante todo este tiempo, una culpa que no solamente se debía a las vidas que quitaba, sino también a las mentiras que debía decir a su familia para que no sospecharan lo que hacía. Martín contó que en el pueblo donde creció la gente siempre pensó en él como un buen muchacho, lo que le permitió operar con relativa tranquilidad, pues pocos dudaban de su persona. “Me arrepiento mucho porque abusé demasiado de la confianza que me tenía la gente”, confesó, y agregó: “Hasta la fecha todavía no se me quita ese sentimiento”.

Dentro de los crímenes que cometió, hubo uno que afectó a Martín particularmente: “Una vez era un bebé (la víctima). Esa vez yo no lo hice, pero yo sé que participé. Esa es la más dolorosa para mí”, dijo, esta vez batallando para contener las lágrimas. “Me dijeron ‘Mata a toda la familia’. Yo le iba a decir a la señora ‘¡Sálgase, corra!”. En esta ocasión, él había decidido que ya no cumpliría con la tarea, su plan era alertar a la familia y huir, sin embargo, al llegar a la casa, se encontró con que habían enviado a dos personas más para que le ayudaran. Ante la imposibilidad de actuar, optó por ir rápidamente al cuarto del bebé y esconderlo, pero las cosas no terminaron bien: “Yo lo había escondido, pero empezó a llorar”. Los sicarios encontraron al bebé, quien corrió con la misma suerte que el resto de su familia sin que Martín pudiera hacer algo para evitarlo.

Pese al deseo de abandonar esa forma de vida, Martín comenzó a ganar algo de reputación entre los criminales. “Varias veces me llegaron a llamar ‘el niño sicario’, pero yo nunca me consideré así”, comentó. Las esperanzas de tomar otro camino se hicieron aún más pequeñas cuando se dio cuenta que tampoco era una opción recurrir a las autoridades, pues contó que incluso “la presidenta del pueblo estaba en lo mismo”. Al mismo tiempo, el hecho de que policía y gobierno estuviesen involucrados, le otorgó cierto grado de inmunidad que, a su vez, permitió que trabajara de manera más efectiva. “Cuando me di cuenta que me agarraban y me dejaban ir me dejó de dar miedo”.

Los problemas que derivaban de su actividad siempre fueron algo que Martín tuvo que guardarse para sí. “Nunca tuve el valor de contárselo a nadie porque tenía miedo, pensaba que me iban a descubrir.” A pesar de que en la escuela a la que asistía tenía algunos amigos, prefirió no hablar sobre el tema, e incluso cuando alguno de sus compañeros le confesó que estaba pensando en trabajar para los narcotraficantes, él se limitó a aconsejarle que se dedicara a otros trabajos, pese al deseo de platicarle como era la vida en ese mundo y su situación particular. Esta parte de la charla se cerró con la siguiente oración: “Había un amigo muy cercano que ahorita está en eso, no sé si esté vivo o esté muerto”.

La situación de Martín llegó a ser tan complicada que las metas que tenía para el futuro se fueron diluyendo, y llegó a afirmar: “Mi sueño más grande desde que estaba chico era tener una familia, pero cuando estuve en esos rollos ese sueño se me fue.” Él sabía que trabajar para el narcotráfico era un negocio redituable, pero que jamás le permitiría construir el hogar que deseaba. “Si yo seguía trabajando en eso, yo sé que les daría una buena vida (a mis hijos), no importa que muera. Pero yo sé que no les daría esa infancia que todo niño quiere”, reconoció.

En medio de todo esto, a Martín se le presentó la oportunidad de abandonar su estado y moverse hacia donde radica ahora. Fue en este momento en el que parecía que las cosas podían cambiar, sin embargo, un conocido le ofreció trabajar con él en el negocio que lo llevaría a ser detenido: un secuestro. Dubitativo, pero necesitado de dinero, aceptó participar; merodearon por las calles en busca de objetivos y se decidieron por una chica que salía de una tienda en una calle desierta. “Cuando la subimos a mí me dio el sentimiento, pensé ‘¿Qué estoy haciendo?’. Y yo en ese momento le iba a decir ‘Amárrala, tírala y déjala en la calle”. Era muy tarde para echarse para atrás, y Martín prefirió no decir palabra y continuar con el trabajo. Él se encargó de cuidar a la muchacha mientras estaba cautiva, y fue capturado en un operativo al momento de recoger el dinero del rescate.

El maltrato que recibió al ser capturado fue lo que menos le importó, sobre esto dijo: “No me quejé de la golpiza que me dieron (la policía), porque pensé que estaba pagando el precio de todo lo que hice.” El remordimiento por las cosas que había hecho le pesaba, además de que hasta ese momento sus papás no tenían idea de los problemas en los que estaba involucrado. “El día que me detuvieron no miré a mi mamá a la cara. Mi papá me preguntó por qué, y yo no pude llorar porque ellos no saben lo que hice hace años, y es algo que todavía me duele”, afirmó.

La verdadera transformación para este adolescente llegó con el internamiento, donde enfrentó las consecuencias de sus actos y tuvo tiempo para reflexionar sobre los mismos, algo que ocurrió, mientras estaba en la celda destinada a quienes recién ingresaban. “Hubo un par de momentos en que me desesperé, me arrepentí y me di cuenta de todo, y agradezco que me detuvieran. Empecé a repasar la vida, lo que tuve, lo que hice, y empecé a llorar. Ahí pensé en lo que tengo que hacer y siento que hubo otro cambio”.

Ahora en proceso de rehabilitación, Martín asegura ver el futuro de manera diferente: “Ya voy bien, tengo buenas amistades y ya no estoy en malos pasos. Al paso que voy ahorita siento que sí la voy a hacer.” Él afirma también haber recuperado las metas que tenía antes de unirse al crimen organizado. “Mis objetivos ya los tengo fijos, ahora sí puedo hacer una carrera y tener una familia”.

A pesar del optimismo que tiene sobre los cambios que han operado en su vida, las acciones del pasado son algo que continúa latente dentro de él, situación que intenta combatir. En este sentido, Martín comentó: “Yo les hice daño a muchas personas, y sé que no las voy a volver a ver, no voy a poder pedirles perdón, pero si puedo hacer reír a otra gente, me puedo sentir bien, y eso es lo que he estado haciendo desde que salí.” Los esfuerzos por mostrarse alegre funcionan para él como una máscara, pues con una voz débil y entrecortada, reconoció un hecho que, al escucharse, inevitablemente produce tristeza: “Yo no me siento feliz, la felicidad para mí ya no es nada. Yo no recuerdo la primera vez que estuve feliz en realidad”.

La corta vida ha traído para Martín experiencias que para muchos resultan inimaginables, así como aprendizajes que no son comunes para alguien de su edad. “Muchas etapas que resuelven los adultos a los treinta o cuarenta años yo las pasé a muy temprana edad”, afirmó con seguridad, para después agregar: “Todo lo que hice me sirvió. Ya vi qué problemas puedo resolver y qué no, yo sé que esa no fue la manera de darme cuenta, pude haberme dado cuenta de otra forma, pero no fue así”.

Martín parece ser consciente de que su caso es único, pues muchos otros en su situación no han corrido con la misma suerte, por lo que no dudó en decir: “Cuando salí vi otra oportunidad y ya no puedo mirar para atrás. Yo no vuelvo a eso, es algo muy fuerte y muy doloroso, y no se lo recomiendo a nadie.” La culpa es algo que seguirá presente en su vida, pese a lo cual sabe que es necesario continuar y buscar hacer lo posible por enmendar sus errores y cambiar su camino.

“Yo sé que el remordimiento lo voy a tener todos los días, son cosas que nunca voy a olvidar, pero si puedo hacer cosas buenas me puedo sentir bien y hacer sentir bien a otra gente”, y cierra esta entrevista confesando: “Si esas personas me dieran su perdón no sé qué haría, me sentiría bien, pero aun así no lo voy a olvidar”.

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